|
En
un cierto momento me preguntó a quemarropa: “¿Qué te seduce del boxeo?” La
respuesta que le di me sorprendió a mí misma, como si me estuviera prohibido
ocultarle nada, ni la más secreta de mis emociones: “Sabe, siempre me fijo
en el perdedor, veo cómo lo castigan; imagino que sufre para que yo
disfrute, y que cuando cae a la lona me besa los pies”. No pareció
sorprendida de oírme; su boca dibujó una sonrisa enigmática y sus ojos
brillaron de forma especial cuando me dijo: “Yo selecciono a los más
resistentes para quedármelos; elijo los que quiero y los entreno a mi modo.
Ven a verme.” Deslizó en mi mano una tarjeta con una dirección y un número
de teléfono, me rozó los labios con el dedo índice y se marchó. Las dos
sabíamos que la llamaría esa misma noche.
Apenas me había adelantado nada por teléfono, sólo que llegara sola,
llamara dos veces a la puerta y esperara. Al cabo de unos interminables
segundos, una joven de rostro amable pero inexpresivo me franqueó el paso.
Vestía una falda negra, larga y estrecha, y una blusa del mismo color.
Llevaba el escote llamativamente abierto, mostrando la fina cadena de oro
que le cruzaba el pecho. La cadena no pendía de su cuello, tal como
colgaba se adivinaba claramente que debía de llevarla suspendida de los
pezones. Tratando de disimular la ansiedad que comenzaba a invadirme, la
seguí a lo largo de un pasillo que desembocaba en una escalera empinada y
estrecha. Me indicó que bajara por ella hasta “el gimnasio” y entrara sin
llamar, ya que “la Señora” me estaba esperando. Me encontré en una sala
espaciosa llena de máquinas y aparatos, la mayoría de los cuales no me
eran en absoluto familiares. Al fondo una puerta abierta parecía conducir
a una habitación más pequeña, y esforzándome por ignorar el latir casi
doloroso de mis sienes me dirigí hacia ella. Desde el umbral alcancé a ver
a la Señora de espaldas, reconocí su melena rojiza y su hermosa figura —en
la que ya había reparado durante nuestro breve encuentro anterior—
embutida en un mono de cuero negro que dibujaba milimétricamente cada
curva de su cuerpo. Se inclinaba sobre una camilla en la que un hombre
desnudo yacía tumbado de espaldas. “Pasa”, me dijo sin volverse. Me
aproximé como empujada por una mano invisible. Había un potente foco de
luz sobre la camilla iluminando aquel cuerpo lleno de marcas. La Señora
parecía examinarlas con la minuciosidad de un orfebre; sus dedos recorrían
la espalda, nalgas y muslos buscando, palpando, presionando aquí y allá;
en ocasiones el hombre dejaba escapar algún gemido, que ella recibía con
una leve mueca mezcla de satisfacción y ternura. Las marcas sólo podían
haber sido producidas por un látigo, en algunos casos la piel aparecía
abierta y sangraba ligeramente; también se distinguían algunas huellas
blanquecinas, como de heridas más antiguas. Era la primera vez que veía
algo así, aunque no la primera que lo imaginaba, y el placer que la visión
real de ese cuerpo hermosamente lacerado me produjo casi me asustó. Sin
previo aviso, la Señora descargó una fuerte palmada en las nalgas del
hombre y, empleando un tono de voz imperativo, le ordenó: “¡Vuélvete,
esclavo, he terminado!” Él giró pesadamente sobre sí mismo y quedó
obedientemente tendido boca arriba. Sólo entonces reparó en mí, que lo
miraba presa de una agitación cada vez mayor, pero no pareció afectarle
que una extraña lo contemplara en aquel estado y permaneció inmóvil
mientras mis ojos seguían deleitándose en él. Las mismas marcas, pero aún
más abundantes, le cruzaban el pecho, el vientre, los costados. Unas
gruesas argollas aprisionaban sus genitales, congestionándolos. Deseé
tocarle pero me contuve, pensando que la Señora no me lo permitiría. La
joven que unos minutos antes me había recibido en la puerta apareció en la
habitación. Vestía la misma falda pero llevaba ahora el torso desnudo; la
cadena adornaba graciosamente sus pechos, y pude ver que efectivamente se
engarzaba en dos anillos que atravesaban sus pezones. Como si la esperara,
la Señora se volvió hacia ella: “Ocúpate de este esclavo. Lávalo, quítale
las argollas y dale unas friegas para calmarle las heridas. No vuelvas a
azotarlo hasta que yo te diga.”
Tomándome de la mano, me condujo de nuevo hacia la sala grande. ¿Era ella
consciente del estado de trance en que me encontraba? ¿Habría notado el
estremecimiento de mi mano al entrar en contacto con la suya? ¿Imaginaba
qué oscuros deseos se estaban desatando en mí, y con qué avidez necesitaba
satisfacerlos? Yo sospechaba que sí, y que lo había dispuesto todo para
que ocurriera exactamente de aquel modo, así que me dejé guiar dócilmente
hacia el siguiente paso de la ceremonia. De una de aquellas extrañas
máquinas estaba ahora suspendido un segundo esclavo; sin duda, la misma
joven se había encargado de llevarlo hasta allí y prepararlo mientras
permanecíamos en la otra habitación. Admiré el magnífico espectáculo. El
cuerpo desnudo colgaba de dos poleas por medio de gruesas cadenas
prendidas a las muñecas, con las piernas separadas sujetas a dos postes;
las piezas de la máquina eran móviles, e imaginé que su función era
estirar los miembros hasta donde se deseara. El esclavo había sido
cuidadosamente depilado y aceitado, de tal forma que la musculatura
relucía acentuada por la tensión. Paseé la mirada por su cuerpo mientras
me movía lentamente en torno a él, y pude apreciar que en ningún lugar
mostraba huellas de haber sido torturado todavía. Miré su cara. No podría
decirlo con seguridad, pero me recordó a uno de los púgiles que había
visto pelear en aquella velada, si bien en tal caso su actitud desafiante
se había esfumado por completo; lejos de luchar o rebelarse, se exponía
inerme a nuestros ojos, ofreciéndose rendido a las dos mujeres que lo
contemplaban. Esta vez no dudé y, como si deseara comprobarlo por mí
misma, clavé las uñas en su pecho sin compasión y lo marqué de arriba
abajo con dos profundos arañazos que llegaron hasta el vientre. Su rostro,
crispado de dolor, me hizo estremecer de placer. “Puedes torturarlo como
te plazca, lo elegí para ti la otra noche”, dijo la voz de la Señora. Su
tono había cambiado de nuevo, ahora sonaba como si estuviera ya dentro de
mi cabeza, mezclada con el deseo irresistible de martirizar a aquel
esclavo hasta el límite del dolor, gozar con su sufrimiento, arrodillarlo
ante mí y arrojarlo a mis pies para que me suplicara piedad. Comprendí que
esa voz ya no iba a abandonarme nunca. Busqué los ojos de la Señora y
entendí instantáneamente lo que estaban exigiendo de mí. Supe que había un
precio que pagar, y que vendería mi alma al diablo si fuera preciso para
pagarlo. Sin dejar de mirarme, ella se acercó al esclavo y, tomándolo por
los cabellos con una mano, deslizó suavemente la otra a todo lo largo de
la señal rojiza que mis uñas habían dejado en su cuerpo. Con un duro
palmetazo sobre su verga, castigó la incipiente erección que la caricia le
había producido. “Tendrás muchos ejemplares como este, tú decides”, volvió
a decir mientras seguía acariciando sensual y distraídamente el cuerpo
desnudo del hombre. Por toda respuesta, bajé los ojos. Estaba descubriendo
que el deseo de someter y el de ser sometida podían fundirse completamente
hasta convertirse en un único sentimiento. Y que ese sentimiento se había
apoderado de mí como una droga de la que ya nunca podría prescindir; o
mejor, era la Señora quien me había sojuzgado abriéndome una puerta que me
era imposible no traspasar. “¿Estás preparada?”, oí que me decía la voz.
Lo estaba. De nuevo sin que nadie la hubiera llamado, compareció la joven
llevando en las manos un joyero ricamente decorado. La tapa estaba
abierta, y sobre el terciopelo negro brillaba una delicada cadena de oro
junto con dos anillos del mismo metal. Vi, o tal vez sólo presentí, el
destello de una aguja. Bajé los ojos de nuevo, me desabroché sumisamente
y, ofreciendo mis pechos desnudos, le entregué a mi Señora su ofrenda.
Mont
10 de mayo de 2008
|